22 nov. 2010

El niño y la margarita

Érase una vez un niño muy despierto que tenía muuuuchas ganas de empezar a ir a la escuela.
Era un niño soñador, por cada rincón iba descubriendo sus sensaciones más profundas.
Y, por fin, llegó el gran día.
Entró en su clase, saludó a sus compañeros y se sentó en el sitio que le asignó la maestra.
Entonces ésta les anunció que era hora de dibujar.
El niño se sintió increíblemente feliz, pues le encantaba dibujar. Tenía tanto que mostrar al mundo... que no sabía por dónde empezar.

Sacó sus pinturas y dibujó sobre el papel varios dragones de mil colores, con fuego, estrellas y magia.
Cuando la maestra vio su dibujo le dijo que no podía dibujar eso, que tenía que dibujar flores.
Entonces él apartó ese dibujo y comenzó a colorear flores. No le importó, las flores también le encantaban.
Pero cuando la maestra vio que dibujaba flores multicolores y de mil diversas formas, le dijo que sólo podía utilizar el color verde para el tallo y el blanco para los pétalos.
Bien, entonces él apartó la hoja y en una nueva dibujó una margarita. Frunció el ceño, pero aun así le pareció preciosa.
Un buen día sus papás tuvieron que emprender la aventura migratoria y tuvo que cambiar de escuela. El primer día entró con sigilo, se acomodó en el pupitre que le invitaron a habitar y esperó con prudencia.
La maestra entonces propuso a los niños hacer un dibujo. Todos se alborotaron de alegría y comenzaron sus obras de arte. Pero él se quedó a la espera, con una quietud propia de la adultez, y se entretuvo ordenando los colores con parsimonia.
Cuando la maestra observó su actitud se le acercó y le preguntó la razón de su apatía, a lo que él respondió que no se trataba de apatía, sino que únicamente esperaba sus órdenes, pues no quería malgastar colores ni papel sin saber qué debía dibujar.
La maestra le dijo que podía dibujar lo que quisiera.
Entonces el niño se quedó pensando durante un rato y, con el rostro repleto de indiferencia, dibujó una margarita.

Criar con el corazón

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